Sin distancia, sin barbijos, sin vergüenza. Ni la discreción cuidan los incumplidores: cantan, gritan, insultan, agreden. La bochornosa platea vip. Porque no sólo se trata de ser más vivo que los demás, sino también hay que exhibir esa supuesta superioridad. Desigualdades y atropellos bajo el cómplice manto de la inacción. Las reglas no son las mismas para todos. El fútbol espeja a una sociedad, y en este caso, su decrepitud. El desprecio total por las reglas. Por el otro. Hasta el árbitro Germán Delfino llegó a detener el partido Godoy Cruz-River en el estadio Malvinas Argentinas, de Mendoza, por esa ola desacatada que se elevaba desafiante.
La laxitud callejera en los cuidados frente a la pandemia –ante la inevitable segunda ola, advertencia en la que todos los infectólogos coinciden–, encuentra aliento en la relajación de un fútbol especialista en atajos, permisos y concesiones. Trampa, sí. El socio colabora con su bolsillo y con su pasión. Pero observa a cientos de personas en su cancha, quizás en su asiento de abonado, mientras paga el pack fútbol para seguir el partido desde bien lejos, por televisión. Costosa ecuación y el sentimiento íntimo de sentirse estafado. Principalmente por su club, claro, que permite la disparidad. Hasta la propicia.
Hay que jugar como sea, aunque en ocasiones haya que apelar a chicos de divisiones inferiores para completar el banco y hasta la alineación. Con los daños que encierra apresurar etapas formativas. Pero a quién le interesa. Quién se detendrá en el futuro si únicamente cotiza el presente. Ningún club puede pedir la suspensión, sólo autoridades gubernamentales pueden impedirlo. El escondite perfecto para el fútbol.
¿Quién se ocupa de lo que ocurre en las divisiones inferiores? Hay contagios. Son jóvenes, generalmente asintomáticos, y afortunadamente no desarrollan con gravedad la enfermedad. Pero, ¿cuántos hisopados se hacen en cuarta o en quinta división? ¿Dónde están los protocolos? Sin rigurosidad en los estudios médicos, en los controles, esos chicos vuelven a sus casas. Muchos, conviven con sus abuelos. El fútbol y sus reglas tan particulares, con aroma a zona liberada. Caramelito narcótico, siempre funcional para evadirse un rato de la realidad.

