Gerardo Morales hizo el milagro: juntar a Cristina y Alberto Fernández para acordar el nombramiento del senador y la diputada que se sumarán al Consejo de la Magistratura. Y así el Gobierno pudo salir de la encerrona en que estaba metido por una sentencia de la Corte.
Se quiso hacer creer que, sin que Fernández se enterara demasiado o nada, Cristina había urdido la rupturade su bloque en el Senado para, con fórceps, ponerse un consejero más, que le correspondía por ley a la segunda minoría, o sea a la oposición. Muchos de su feligresía y de afuera también le festejaron la picardía porque la pensaron como de ella y en un punto equiparable a la que le había permitido al macrismo ubicar a Tonelli en el mismo Consejo en 2015. Pero la maniobra de Cristina no fue pergeñada en soledad. Equivocados todos.
La trampa sin disimulo de dividir el bloque para poner al camporista Martín Doñate, en un abrir y cerrar de ojos ya cuestionado judicialmente, requería más trampa y ahí surgió una asociación que anda bien lejos de lo que debieran ser los códigos de una política más pensada para el país que personalmente para sus actores.(Clarin)

