Al final, parece que el “Topo Gigio” tiene cosas en común con “El cartonero Báez”, apodo que Diego Armando Maradona le puso en los ‘90 a Mauricio Macri. Es que Juan Román Riquelme incluyó en su manual de conducción varias acciones que le cuestionaba al ex presidente de Boca y de la Nación. Con el agravante de que potenció una cultura del conflicto. Y el club Xeneize es un polvorín. “Es difícil entender la lógica del Consejo”, comentó alguien que conoce muy bien los pasillos de Brandsen 805. Y la única lógica que parece tener es la del conflicto permanente. La paz que había traído el título en la Copa de la Liga duró un suspiro. Y fue la calma que antecede al huracán. La guerra del Consejo con Battaglia estalló por el aire tras la eliminación de la Copa Libertadores a manos de Corinthians y el tipo con más logros con la camiseta azul y amarillo terminó cesanteado. Inmediatamente explotó otra granada: la del plantel. Y ahí es donde quedó expuesto que el accionar de Riquelme y su banda es diferente a lo que cuestionaban cuando eran jugadores. En la previa de las semifinales de la Copa de 2001, cuando Boca eliminó a Palmeiras, el plantel se le plantó a Salvestrini, tesorero de la Comisión Directiva conducida por Macri. Y por ende, también al propio Macri. Reclamaban por los premios. Estaban Riquelme, Bermúdez y Delgado. Dos décadas después son ellos los que hoy conducen y desoyeron el legítimo pedido de los futbolistas por los premios impagos. Algunos dirán que no deberían haberlo hecho antes de un partido tan importante; otros que a diferencia de los de ahora, los de aquella época habían ganado la Copa Libertadores. Y es cierto, tanto como que si les hubiesen cumplido a tiempo, se hubiera evitado el conflicto. Durante la era de Macri, más allá de los títulos dorados, también había quejas puertas adentro del destrato y prepotencias hacia algunas figuras. Una situación que tuvo su continuidad con Daniel Angelici. De hecho, la sufrió Carlos Bianchi y el propio Riquelme, a quien empujaron a irse y no pudo tener su partido despedida. Más de una vez se escuchó de la boca de los futbolistas que se manejaban como “patrones de estancia”. Y Román conduce como para que también lo vean de ese modo. Al fin y al cabo, más allá de las diferencias políticas entre el “romanismo” y el “macrismo” o “angelicismo”, como marca una teoría política, los extremos en algún momento se tocan y convergen en un punto común. Riquelme, desde su actual lugar de vicepresidente y dueño de las decisiones del fútbol de Boca, junto a sus adláteres Bermúdez, Delgado y Cascini, se manejó como patrón de estancia. A Carlos Tevez lo desgastaron hasta que se cansó y se fue. A Miguel Ángel Russo, el último técnico campeón de América con Boca, le minaron el terreno hasta marcarle la puerta de salida. Y a un ex futbolista querido por los hinchas como Battaglia lo despidieron en una estación de servicio. Justo al que Riquelme marcaba como “el técnico del futuro”. Y más: en la acalorada discusión con los futbolistas los trataron de “perdedores”. La guerra interna continuará. Y al parecer el romance con el hombre de Don Torcuato para algunos futbolistas de Boca se terminó. De hecho, más de uno quisiera llevarse las manos a sus orejas y mirar a su palco en señal de protesta.
Más cerca de Macri, más lejos del Topo Gigio
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