En medio de la crisis de legitimidad y transparencia que salpica como nunca antes al fútbol argentino, con arbitrajes sospechados en todas las divisiones, campeones de facto y amenazas públicas entre directivos de la AFA y presidentes de clubes disidentes, todavía hay algo que sobrevive: el juego, el hambre, la ambición, la competitividad. Porque, a pesar de todo ese ruido, estas instancias en las que solo quedan los mejores, y no aquellos que ocupan injustificadamente un lugar en la máxima categoría, siguen ofreciendo partidos que, como espectador, vale la pena observar.
Pasó en el Racing–River de los octavos de final y volvió a pasar ahora, en estos cuartos entre Boca y Argentinos. Lo que confirma, una vez más, que el problema no pasa muchas veces por lo que sucede en la cancha, sino la falta de organización, de previsión y de honestidad que convirtió al fútbol local en un espectáculo turbio, agotado y descolorido.

El partido, es cierto, no fue un deleite para los ojos, pero sí un bálsamo en medio de tanta mediocridad. El Xeneize y el Bicho armaron un partido acorde a las circunstancias, por momentos entretenido, con llegadas, con tribunas llenas, con errores, que también son parte del juego, y sobre todo, sin polémicas.
Como en la mayoría de los partidos, fue el rival de Boca el que tomó la iniciativa. Mejor plantado, Argentinos avisó al minuto con un tiro a colocar de Nicolás Oroz que Marchesin despejó abajo, en la ratonera. Pero Boca encontró rápido el gol, otra vez en una pelota quieta, y el trámite se le hizo favorable. Esta vez el córner de Paredes no fue para Di Lollo, su habitual destinatario, sino para Merentiel, que se libró con oficio de la marca de Lescano, remató de volea y, tras el rebote, Costa conectó casi sobre la línea. Fue el 15° gol consecutivo para un Boca que encontró en el balón parado su arma letal, y que hizo de la Bombonera su fuerte, con cuatro victorias seguidas y sin recibir tantos.

