Una vez más, como tantas veces en el pasado reciente, el mundo es testigo del caos. El ataque combinado de Estados Unidos e Israel en Irán preanuncia muerte de civiles, éxodos de población, chicos huérfanos y familias fracturadas.
La represalia iraní –que ya comenzó y seguramente estará respaldada por sus aliados– desatará una intensa agitación regional y el pánico internacional por el precio del petróleo. Se sembrarán nuevos odios, se cultivarán vendettas terroristas y los enemigos de Occidente se regocijarán. Sin embargo, es probable que casi nada de valor duradero se logre, como sucedió con las intervenciones fallidas lideradas por Estados Unidos en Afganistán y en Irak. Aun cuando, como sucedió en ese último país, los iraníes se regocijaran ante la perspectiva de verse liberados del régimen sanguinario de los ayatollahs.
Un manifestante sostiene un retrato de Khamenei durante una protesta contra los ataques, en Bagdad, Irak, el 28 de febrero de 2026
Un manifestante sostiene un retrato de Khamenei durante una protesta contra los ataques, en Bagdad, Irak, el 28 de febrero de 2026
Hadi Mizban – AP
Según las declaraciones oficiales, Estados Unidos e Israel lanzaron la operación “Furia Épica” contra Irán para poner fin permanente del programa de enriquecimiento de uranio del país. También para terminar con el desarrollo de misiles balísticos y con el cese del apoyo de Teherán a grupos proxy en Medio Oriente, incluidos Hamas, Hezbollah y los hutíes. En una alocución transmitida por las redes sociales, el presidente norteamericano agregó antenoche un objetivo: la eliminación del régimen de los ayatollahs.
¿Acción precipitada?
En todo caso, la intervención no era un misterio para nadie. Durante semanas, Washington movilizó su gigantesca armada hacia la región, aun cuando negociaciones oficiales seguían desarrollándose en Mascate.
Pero la diplomacia no es la actividad preferida de Donald Trump, y mucho menos del primer ministro israelí, Benjamin Netanyhau.

