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El kirchnerismo intentará que el Gobierno no se sume al pedido de Ucrania para suspender a Rusia en la OEA

Las críticas a la OTAN por ponernos “una base en Malvinas”, denunciada por la vicepresidente Cristina Kirchner en el discurso de apertura del Eurolat el pasado 13 de abril en Buenos Aires, en momentos en que en Moscú se habla de una tercera Guerra Mundial y que en Europa sus habitantes vuelven a asomarse al horror producido por la matanza indiscriminada de civiles ucranianos en pleno siglo XXI, puede ser un preludio de un nuevo round en la interna que carcome al Frente de Todos y que en Cancillería tiene protagonistas claramente definidos.

Mientras que en el Palacio San Martín conviven un ala referenciada en las potencias occidentales y otra corriente que está más cercana a los nuevos liderazgos autocráticos que vienen del este del planeta, el presidente Alberto Fernández y su canciller Santiago Cafiero, deberán decidir en breve si sostienen la condena explícita a la agresión y violación de los derechos humanos provocada por la administración de Vladimir Putin, que fue confirmada por la Argentina en la reciente votación del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, y conllevó a la suspensión inmediata de la Federación de Rusia del organismo rector en defensa de los derechos individuales.

No es un dato menor señalar el hecho que uno de los malestares que han dejado trascender los voceros del Instituto Patria con la gestión diplomática de Alberto Fernández se debe al alineamiento del Gobierno con las potencias occidentales en detrimento de la posición rusa que recibió el apoyo de gobiernos autoritarios como Cuba, China o Nicaragua y abstenciones de países cercanos a la Argentina, como Brasil, que se encuentra unido a Rusia de una manera más sustanciosa que por la mera ideología. Brasil y Rusia son socios junto a India, China y Sudáfrica del selecto club de países bautizado como BRICS y que enseñan al mundo el poder que poseen al constituirse como las grandes potencias emergentes del planeta.

Si bien a la vicepresidente la hubiera conformado un voto de abstención, la orden que se dio en la Casa Rosada fue la de condenar las agresiones de los militares rusos en suelo ucraniano. No fue un voto menor teniendo en cuenta la tradición del país en foros vinculados con el respeto de los derechos humanos y por detentar, la Nación Argentina, la titularidad del Consejo al que preside por primera vez bajo la dirección del embajador Federico Villegas.

Finalmente, el 7 de abril pasado, la Asamblea General de la ONU suspendió a Rusia de Consejo de Derechos Humanos por 93 votos a favor, 24 en contra y 58 abstenciones. Se trato de la segunda ocasión en que la Asamblea General toma una decisión tan extraordinaria. En marzo de 2011, el parlamento mundial decidió suspender la membresía de Libia, gobernada por Muamar El Gadafi, por haber cometido violaciones graves y sistemáticas a esos derechos.

La Asamblea General tuvo en cuenta en su decisión las expresiones de preocupación manifestadas por la Alta Comisionada de los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, y la última actualización sobre la situación de estas garantías fundamentales hecha por la Misión de Observación en Ucrania el 26 de marzo de 2022.

La lucha entre los funcionarios pro-rusos y los pro-occidentales dentro del Gobierno

Los conflictos de intereses y las diferentes visiones en el diseño de la política internacional volverán a producirle tensiones a un Gabinete dominado por la incertidumbre y la desconfianza entre “albertistas” y “cristinistas”.

Entre los primeros se ubican los diplomáticos Jorge Arguello, actual embajador nacional en Washington, el subsecretario de Asuntos Latinoamericanos de la Cancillería, Gustavo Martínez Pandiani, y un funcionario con despacho en Casa Rosada, referenciado en el Vaticano y con rango de secretario de Estado, Gustavo Béliz.

Entre los segundos se encuentra el vicecanciller, Pablo Tettamanti, que fue embajador en Rusia en el Gobierno de Cristina Kirchner, durante la administración de Cambiemos no obtuvo destino diplomático y con el ascenso del Frente de Todos al poder, el Instituto Patria lo ubicó como número dos de la Cancillería durante la gestión de Felipe Solá y conservó el cargo con el arribo del actual canciller, Santiago Cafiero, con quien mantiene severas diferencias. A pesar de ello, las desavenencias más importantes con la Casa Rosada residen en el despacho del embajador ante la OEA, Carlos Raimundi. ( Agencia NA)

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