Respecto a las situaciones de riesgo hídrico, en el caso de las grandes cuencas como la de los ríos Paraná, Paraguay, Uruguay, y sus arroyos y ríos subsidiario, Mercuri indicó que podrían presentar situaciones de riesgo a todas las producciones y poblaciones rurales de zonas aledañas y planos fluviales dada la suba en altura y el aumento del caudal de estos cursos de agua. Y agregó: “Una consolidación temprana, durante el invierno de El Niño, podría también generar lluvias por encima de lo normal en el centro-este de Buenos Aires incluyendo todo el ámbito de la cuenca del río Salado”.
Según Mercuri, la experiencia obtenida a partir de eventos anteriores, como los ocurridos en 1997/98, 2009/10 y 2015/16, todos clasificados de fuerte intensidad, demuestra que la clave está en la anticipación. “La diferencia entre sufrir daños y pérdidas o capitalizar las oportunidades que generan estos fenómenos depende de tomar decisiones preventivas y planificar con tiempo”, señaló.
En zonas bajas y deprimidas, la prioridad es prevenir y considerar el mayor riesgo de siembras en sectores anegables, monitorear napas, asegurar la evacuación de agua, y en ganadería prever traslado de hacienda y sanidad preventiva.
En media loma, el escenario es mixto: aprovechar la buena disponibilidad hídrica eligiendo cultivos y fechas de siembra que no queden expuestos a encharcamientos prolongados.
En lomas y posiciones bien drenadas, la oportunidad productiva es máxima: concentrar la estrategia agronómica en el rendimiento con decisiones para privilegiar el alto potencial. También son las posiciones y lotes a elegir en planteos ganaderos para la concentración de hacienda ante el eventual anegamiento, para pastoreo diferido o almacenamiento de reservas de pasto.
En el plano hídrico, el agua que hoy se percibe como amenaza puede ser el recurso más valioso de los próximos años si se gestiona con inteligencia: reservorios, aguadas, humedales funcionales, almacenamiento de agua en el perfil del suelo, sistematización agrohidrológica de campos y microcuencas, “no son solo defensas ante el exceso sino dispositivos de cosecha de agua para los ciclos secos o de déficit hídrico que inevitablemente volverán”.
Entender El Niño
La intensidad del fenómeno se relaciona con qué tan cálido puedo volverse el área del océano que se monitorea. En ese sentido, Gattinoni explicó: “El Niño, históricamente, tiene un ciclo de vida que podría comenzar durante el trimestre de abril a junio, con una intensidad débil e ir incrementando su intensidad hacia la primavera”.
Es decir, “según los pronósticos actuales, para esa época hay chances iguales de que sea moderado, fuerte o muy fuerte, dada la incertidumbre que todavía presenta el sistema de pronóstico”.
Además, Gattinoni aseguró que “se trata de un fenómeno océano-atmósfera, por lo que se deben esperar los cambios en la atmósfera (viento, presión, nubosidad) para considerarlo como realmente establecido y poder aguardar su impacto en el cambio de los regímenes de lluvias”.
La especialista también explicó que “la intensidad del fenómeno —no necesariamente— se asocia con mayores lluvias o impacto, e incluso depende de la región y época del año donde nos encontremos”. En ese sentido, aclaró: “Una clave para tomar decisiones es conocer cómo las lluvias de nuestra región respondieron a los Niño anteriores”.
Incluso remarcó que las lluvias y temperaturas responden a fenómenos de otras escalas temporales y regionales que pueden modificar la señal de El Niño. En este sentido, se destaca la importancia de la consulta de pronósticos climáticos y meteorológicos para la toma de decisiones.
Para la campaña 2026/27, las condiciones iniciales con respecto al contenido hídrico de los suelos, vuelve a ser una variable clave para encarar las planificaciones ante un escenario El Niño. “Los pronósticos climáticos estacionales de lluvias y temperatura elaborados de manera trimestral son una herramienta más para ajustar decisiones dentro de la evolución de este fenómeno”, aseguró Gattinoni.

