Dos meses antes de morir, Darío Lopérfido compartió algo estremecedor y penosamente realista: “El Darío de antes de la enfermedad ya murió”. Lo publicó en la revista de cultura y política Seúl, en una columna titulada “Tener ELA es una mierda”, donde describió también sin ambages: “Caminás pésimo, la voz se te vuelve de borracho y comés con el riesgo de que se te caiga la baba”. Destacó, como cosa del pasado, que había sido un buen polemista; sin embargo, hasta el final de su vida siguió escribiendo columnas que creaban chispas.
La ELA le había quitado la voz, el paso firme, la vida social. La pasión contendiente, no. Quizá no todo el Lopérfido de antes de la enfermedad había muerto antes de este 27 de febrero de 2026, cuando se conoció la noticia en Madrid, donde vivió los últimos años.
Huella en la cultura argentina
Es llamativo que alguien con las credenciales de Lopérfido no haya terminado el secundario. Se formó en temas creativos desde el hoy inexistente papel de cadete en una agencia de publicidad, después en revistas culturales y en la emisora de radio FM Rock & Pop. En 1992, con 28 años, asumió la dirección del Centro Cultural Ricardo Rojas, de la Universidad de Buenos Aires, donde lo marcó “el vigor de una escena cultural porteña”, aquella de fines de los ochenta y comienzos de los noventa, que nunca olvidó.
De su gestión como secretario de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires salieron dos instituciones que sobrevivieron largamente a su fundación. El Festival Internacional de Buenos Aires nació en 1997; el BAFICI, en 1999. El festival de cine independiente se consolidó como el más importante de América Latina y una referencia internacional bajo directores artísticos como Quintín, Sergio Wolf y Marcelo Panozzo.

