El Bayern Munich desató un vendaval de fútbol sobre el césped que solo su ineficacia en el último pase y en la definición dejó en un estrecho 2-1 que no tuvo equivalencia en el desarrollo y que le abre al Real Madrid la posibilidad de revertir la serie la semana próxima en Alemania.
El espectáculo respondió punto por punto a las expectativas. No fallaron varias de las estrellas y la emoción atravesó el escenario de punta a punta, desde el derechazo desviado del austríaco Laimer (rival de Argentina en la etapa de grupos, habitual lateral derecho que actuó por el otro andarivel) a los 45 segundos hasta el remate ajustado del francés Kylian Mbappé a los 44 de la segunda parte que se escapó besando el palo izquierdo del interminable Manuel Neuer.
Las actuaciones notables se sucedieron tanto como las defecciones evidentes. Fue imparable el galo Michael Olise, zurdo que juega de 7, para el pobre portugués Álvaro Carreras, sufridor de un auténtico suplicio. Se adueñaron durante gran parte del encuentro de la mitad de la cancha los alemanes Joshua Kimmich -un geómetra eficaz para distribuir juego con acierto y precisión- y el juvenil Aleksandor Pavlovic, gestor de una actuación como para pedirle a gritos al entrenador teutón Julian Nagelsmann que le haga un hueco en la lista rumbo a Norteamérica.
Llamó la atención el crecimiento del también germano Serge Gnabry, ubicado por detrás del inglés Harry Kane, con sacrificio para la recuperación y claridad para tocar e ir a buscar. Puso destellos de categoría en el manejo y dudas sobre su capacidad defensiva el pibe español Dean Huijsen; se equivocaron demasiado Luis Díaz y Jamal Musiala a la hora de resolver situaciones favorables; alternó aciertos con errores groseros el francés Upamecano; tuvo mucho menos peso que en noches recientes el charrúa Federico Valverde; le costó un mundo a Mbappé vencer la resistencia de un Neuer galáctico; apareció solo en cuentagotas Vinicius Jr.
El duelo, en todo caso, fue fiel con las realidades de ambos conjuntos. El Bayern es una auténtica máquina de fabricar fútbol. Sustentado por la jerarquía de sus jugadores tiene aceitados todos los movimientos necesarios para controlar el juego, hacerlo circular por donde más conviene y generar grietas incluso en defensas apretadas como el 5-3-2 agrupado en 15 metros fuera de su área que le presentó el Real Madrid como única oposición posible ante la avalancha que acosaba al arquero Lunin.
Con Kimmich oficiando de vértice y Kane tirándose atrás para trabajar de pivot alejado de los centrales rivales, los de Munich elaboraron permanentemente triángulos de superioridad para mantener el dominio de la pelota y abrir espacios donde aparentemente no existían. Así fueron creando una ocasión de gol tras otra. Entre otras, Upamecano falló una muy parecida a la que pifió Maravilla Martínez el fin de semana en el Libertadores de América: de frente y a pocos metros del arco vacío le dio con la parte de atrás del pie y rechazó el balón en lugar de empujarlo. En tanto Gnabry no supo aprovechar una entrega fatal hacia atrás del chico Thiago Pitarch.
El local también fue fiel a sí mismo. Al equipo merengue se le descubren esta temporada con mucha más facilidad las falencias que las virtudes. Es y será siempre peligroso, sobre todo cuando tiene campo abierto para correr de contra, porque cuenta con lanzadores capaces de acertar en los pases largos -el inglés Trent Alexander-Arnold entre los más destacados- y velocistas temibles en ataque. Pero carece en general de un funcionamiento que le permita recuperar más rápido en el medio, sin depender tanto del error ajeno; tanto como de fluidez para generar maniobras ofensivas a partir del movimiento colectivo.
Aun así, Neuer debió sacar a relucir toda su sapiencia y experiencia para ahogarles hasta seis veces el grito a Mbappé y Vinicius. Incluso estuvo a punto de desviar de un manotazo a puro reflejo el remate del delantero parisino que acabó en la red, pero en ese caso la pelota dio en el travesaño y picó adentro.
Para entonces, Luis Díaz sobre el cierre de la primera mitad definiendo una brillante acción previa entre Gnabry y Kane; y el centrodelantero británico a los 22 segundos de la reanudación, acomodando con enorme categoría un derechazo junto al poste izquierdo de Lunin, habían establecido las diferencias existentes en el juego.
El miedo escénico, ese que sobrevuela siempre el Bernabéu en noches de Copa de Europa, se hizo presente durante un ratito después del 2-1. El grito encendido de la gente, el revoleo incesante de sus bufandas y el ánimo renovado por el tanto de descuento sembraron algo de dudas sobre el resultado, aunque también en esos momentos el Bayern estuvo más cerca de alargar la ventaja que de conceder la igualdad para al final darse el gustazo de cantar victoria en una cancha donde no lo hacía desde el ya lejano 2001.
Con el Mundial a la vuelta de la esquina, muchos de los que serán sus grandes protagonistas se dieron cita en un estadio mítico e izaron hasta bien arriba el pabellón del fútbol de alto nivel. Fue triunfo ajustado del que jugó mejor, lo cual no deja de ser una ventaja: la revancha de la semana próxima promete otro partido de los grandes. Por el fútbol y las ganas de uno de eliminar a un rival al que no puede derrotar en una serie desde 2012; por la irrenunciable lucha del otro cuando lo que está en disputa es la Champions League. Porque otra vez el planeta podrá ver un auténtico anticipo del cada día más cercano Mundial.

