El discurso de Javier Milei en las Naciones Unidas colocó a la Argentina en una posición ciertamente atípica: el Presidente defenestró y le dio la espalda, en solitario, a una agenda de desarrollo, el “Pacto del Futuro”, adoptada apenas dos días antes por consenso –sin votación– por la Asamblea General de las Naciones Unidas, un plan pensado para reformar y rescatar el papel del multilateralismo. Para Milei, solo refuerza un rumbo “trágico”.
Parado solo ante los ojos del mundo en un atril cargado de historia, Milei invitó a los líderes a que lo acompañen en la creación de una nueva agenda de la libertad. Esa invitación difícilmente tenga eco, aunque sí abona a una imagen personalista, radical y rupturista de Milei –incluso, por momentos, contradictoria–, una imagen que el propio Milei se encargó de amplificar en su paso por Nueva York.
Los argumentos que ofreció Milei contra la agenda de desarrollo multilateral llevaron incluso a una paradoja: Rusia, Nicaragua, Bielorrusia, Corea del Norte, Irán, Siria y Sudán –regímenes a los que Milei les ha dado la espalda, al alinearse explícitamente con Estados Unidos, Ucrania, Israel y las democracias occidentales– ofrecieron argumentos algo similares al intentar impulsar una enmienda al pacto indicando “que las Naciones Unidas y su sistema no intervendrán en los asuntos que son esencialmente de la jurisdicción interna de los Estados”. La enmienda fracasó: 143 países votaron para que no se discutiera. La Argentina no estaba presente al momento de esa votación, y tampoco frenó el consenso para la adopción del Pacto.
“La Argentina no obstaculizó el consenso de los demás países, dejamos que el Pacto se adoptara y nos disociamos después”, matizaron fuentes oficiales.

En el Gobierno también sostienen que el mensaje de Milei buscó más bien rescatar el viejo papel de las Naciones Unidas, más enfocada en la paz y la seguridad, y menos en los pilares del desarrollo, en el día a día de la vida de la gente.
La nueva línea que marcó Milei no sólo lo desmarcó de los aliados que eligió en el mundo. También planteó un quiebre con posturas históricas de la Argentina, que fueron respaldadas por sus antecesores directos –Alberto Fernández, Mauricio Macri o Cristina Kirchner– pese a sus diferencias ideológicas. Ese quiebre en la política exterior de la Argentina ya ha generado visibles tensiones entre la Casa Rosada y la Cancillería, como quedó en evidencia con los roces con el embajador ante la Naciones Unidas, Ricardo Lagorio, quien había sido marginado y finalmente estuvo sentado en la mesa de la Argentina en el recinto. En la comitiva le recriminaron una supuesta falta de alineamiento con la nueva política exterior de Milei, que choca con miradas ampliamente arraigadas en la burocracia diplomática. En la lista aparecen, por ejemplo, el reciente rechazo a una resolución que le exige a Israel dejar el “territorio palestino ocupado”, o la misma Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, un andamiaje de acciones que apunta a poner fin a la pobreza, luchar contra el cambio climático y mejorar la vida de las personas en todo el mundo.
El paso de Javier Milei por Nueva York le dejó también una foto altamente simbólica: en la bolsa neoyorquina, el mercado bursátil más grande del mundo, uno de los templos del capitalismo global, Milei tocó la campana flanqueado por sus funcionarios más cercanos, a los que elogió, entre aplausos y puños de victoria. Pero detrás de las fotos y los videos, en Wall Street se quedaron con ganas de escuchar más precisiones y detalles sobre el futuro del plan económico.

