Green Day sigue encarando sus recitales como si fueran el colectivo de Máxima velocidad: si esto se para, morimos todos.
A lo largo de dos horas de show cronometradas (un nivel de planificación pocas veces visto: empezó exactamente a las 21 y terminó a las 23 en punto), el trío que en realidad es sexteto libra un combate cuerpo a cuerpo contra la calma, y tan explícita es esta vocación de vértigo que ni bien suena la única canción a la que puede llamársele lenta (“Good Riddance”, porque ni “21 Guns” ni “Wake Me Up When September Ends” califican por ser mediotiempos con distorsión) el set se termina.
Tocan apurados, nerviosos, peleándole al silencio a brazo partido, con la obsesión de mantener sí o sí la tensión de principio a fin, sea con música o con pedidos de “eh oh, eh oh” al público. Y el resultado de todo ese proceso es un show agotador para bien, que por no habilitar momentos de descanso parece durar menos de lo que dura.
El del miércoles en el estadio de Huracán pudo haber sido el concierto más concentrado que se les recuerda en la Argentina: en su afán de entretener, el cantante Billie Joe Armstrong ha sabido pasarse de rosca alguna vez como animador, convirtiendo temas de tres minutos en megamixes de ocho a puro intercambio con la audiencia y corrida en escena. Esta vez no: todo fue concreto, expeditivo y eficiente, como corresponde al buen punk rock. Así, este frenesí que no negocian estuvo sustentado por la buena musculatura que da una lista irreprochable y sin relleno.
Sobre Green Day se pueden decir varias cosas en el campo del estilo. Antes que nada: actúan como un grupo que ya se sabe parte del panteón del rock clásico, sin importar la etiqueta puntual que se le pegue. Por algo hacen cantar “Bohemian Rhapsody” de Queen completo al público sin siquiera subir todavía al escenario: aún sin que alguna vez pretendieran pasar por disruptivos, su chapa punk podría suponer una desconfianza a los “monstruos” del rock de estadios que está lejísimo de existir, más que nada porque en eso los convirtió la vida. Eso sí, pegado suena “Blitzkrieg Bop” de los Ramones, y así la propuesta se equilibra y la identidad real (y compleja) se asume: son un espectáculo rockero con algo de filo.

